This short story was written originally in Portuguese back in 2014. That same year it was translated into Spanish and it has been sitting in my drawer ever since. I found it today and decided to give it a new look, revisiting the text and its emotional background, translating it this time to English. The last sentence from the original Portuguese and first version in Spanish was left out, as it no longer reflects my feelings. Hope you enjoy!

The Last Letter
Pedro Cuervo-Negro sat at his desk. He was tired and dejected. He did not want to fight further over something that could not be won in combat. He needed to feel wanted, desired. But he was not. Everything seemed to be a mere illusion. And of illusions, the fibres with which all the problems of the world are made of, he had had enough.
He took a single sheet of paper – imported directly from the Eastern countries, probably Chinese – and sought with his eyes for the wooden box that held its pen, nib, and ink, religiously wrapped in a delicate light blue cashmere cloth.
Flattening out the paper with a wooden ruler, he removed the glass from the table lamp that had illuminated him so many sleepless nights; grabbing his flint lighter he lit the faint oily light.
The ritual to begin writing was almost always the same, with little variations, even when his mood was quite altered. It was like a spell that made him go back to being himself. And then, with the ink letters flowing on the paper, he himself was everything.
“You have lost me.” – he started – “From the very beginning, when you told me that, if we were to be together, it would be easier if I lived in Madrid – capital of this decrepit kingdom where we die ceaselessly – and not in the arduous north, far away, where I have chosen to live in. It would be easier for you to move in with me. But I did not hear what you said; I wanted to have you. Period.
You lost me when you snubbed my desire to return to my place of birth, for reasons more practical than sentimental: « – Because it is not easy to find work here in our village and you are very well where you are. » I still do not believe it at all.
You lost me when you had to move out of your old house (for reasons which I understand perfectly, as the house your ex-husband left you – lost in an insane war – was too big for your needs) and did not even consider coming to live with me in this great mansion where I have stood alone, since my son went to take care of himself. I do not blame him. Not him.
You lost me when you chose your new home without thinking that, because of my occupation, I would need extra space to leave my travel paraphernalia, or to accommodate my son if he ever visited us. You did not include me, nor him, in your plans and that hurts.
You lost me when you refused to leave that city where we were born, where we grew up and we met, just because your great-aunt wants to see your Persian cat once every fortnight. We could visit your great-aunt every week, if you wanted so.
You lost me when you told me that you could not leave the house where you are now because the landowners need the comfort that their income gives them. How did they live before they rented that house? And what will they do when you leave?
You lost me when you made it clear that the homestead, which I strive to build, cannot be compared to those new houses, all stacked like boxes on the docks of Barcelona.
You certainly lost me when you went to relax for a week at the spa with your friend Miriam. Your courier found me when I was halfway to see you. Needless to say, I turned around.
And I do not think I’ll saddle my horse again to go to my village. Not now, when I do not believe there’s anyone there willing to greet me.”
©JorgeCristino2017
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Spanish Version, from 2014
La Última Misiva
Pedro Cuervo-Negro se sentó en su escritorio. Estaba cansado y abatido. No quería pelear más por algo que no podía ser conquistado en combate. Necesitaba sentirse querido, deseado. Pero no lo era. Todo parecía ser una mera ilusión. Y de ilusiones, las fibras con que se hacen todos los problemas del mundo, había tenido suficiente.
Tomó una sola hoja de papel – importada directamente de los países del Este, probablemente chino – y miró con sus ojos en busca de la caja de madera que sostenía su pluma, plumín y tinta, religiosamente envuelta en una delicada tela de cachemira azul claro.
Alisó el papel con una regla de madera mientras quitaba el cristal de la lámpara de mesa que tantas noches sin dormir le había iluminado. Tomó su encendedor de piedra y encendió la débil luz aceitosa.
El ritual para empezar a escribir era casi siempre el mismo, variaba poco, incluso cuando su estado de ánimo estaba bastante alterado. Era como un hechizo que le hacía volver a ser él mismo. Y luego, con las letras de tinta en el papel, él mismo era todo.
“Usted me perdió.” – empezó él – “Desde el principio, cuando me dijo que para que estuviéramos juntos sería más fácil si yo viviera en Madrid – capital de este reino decrépito donde morimos – no en el duro norte, alejado, que he elegido para vivir. Sería más fácil para que usted pudiera vivir conmigo. Pero yo no escuché lo que dijo; quería tenerla. Punto.
Usted me perdió cuando me negó cumplir mi deseo de regresar a mi lugar de nacimiento, por razones más prácticas que sentimentales: “- Porque no es fácil encontrar trabajo aquí en el pueblo y estás muy bien dónde te encuentras.” Sigo sin creerlo del todo.
Usted me perdió cuando tuvo que cambiar su casa (por razones que entiendo perfectamente, porque la casa que le ha dejado su exmarido, perdido en una guerra loca, era demasiado grande para sus necesidades) y ni siquiera consideró la posibilidad de venir a vivir conmigo en esta gran mansión donde me arrastro solo, desde que mi hijo se fue a cuidar de sí mismo. Yo no lo culpo. No a él.
Usted me perdió cuando eligió su nueva casa sin pensar que, debido a mi profesión, iba a necesitar un espacio extra para dejar mis cosas de viaje o para acomodar a mi hijo, si él alguna vez nos visitaba. Usted no me incluyó en sus planes y eso duele.
Usted me perdió cuando se negó a salir de esa ciudad donde nacimos, donde crecimos y nos conocimos, sólo porque su tía abuela quiere ver a su gato persa una vez cada quince días. Podríamos visitar a su tía abuela todas las semanas, si quisieras.
Usted me perdió cuando me dijo que no podía salir de la casa donde se encuentra ahora, porque sus propietarios necesitan el consuelo que sus ingresos les dan. ¿Cómo vivían antes de que alquilasen su casa? ¿Y qué van a hacer cuando se vaya?
Usted me perdió cuando dejó claro que la finca, que me esfuerzo por construir, no se puede comparar a estas casas nuevas, todas apiladas como cajas en los muelles de Barcelona.
Usted me perdió definitivamente cuando se fue a relajarse durante una semana al spa con su amiga. Su mensajero me encontró cuando estaba a mitad de camino para verla. Por supuesto, me di la vuelta.
Y no creo que vaya a ensillar mi caballo de nuevo para ir a mi pueblo. No ahora, cuando no creo que haya alguien allí dispuesto a recibirme.
Sin embargo, no importa lo tristes que todos estos hechos sean, lo suficiente para dejar de querer estar con usted, aunque no son suficientes para borrar la sonrisa que su mensaje, que recibí hoy, me dejó en el corazón”.
©JorgeCristino2014